Julia corriendo en plena naturaleza es ¡¡¡feliz!!!...
Mi hija Julia tiene 19 años y crece paralelamente al blog que inspiró, por eso anualmente anoto cada cambio de edad.
Tiene Autismo "no verbal".
Usted es gord@, usted es calv@, usted es alt@, usted es baj@; usted lleva gafas; usted utiliza bastón...Tú tienes acné, tú estás en pleno estirón, a tí te está cambiando la voz...
¿Es mi mirada lastimera, reprobatoria o de conmiseración?... ¿Acaso cuchicheo ante tu poblada cara llena de granos o tu atiplada voz o miro, con atención, el bastón que usted usa para caminar?... Pues no miren así a mi hija, no se lo merece y yo tampoco.

viernes, 27 de julio de 2012

"Soy una persona afortunada por tener una amiga como Rosa" (M.A.M.)

Los seguidores de este blog sabrán que mi hija Julia comenzó el pasado mes de septiembre a asistir a un Colegio de Educación Especial.
Le tocaba el paso al Instituto, pero su autismo es más fuerte que su inteligencia, y los centros educativos "normalizados" no están preparados para recibir este tipo de niños. Por otro lado, llegas a un punto en el que te das cuenta que lo más importante, mucho más importante que todos los conocimientos que pudieses adquirir, es que logren el más alto grado de autonomía.

Pues bien, en septiembre, en la parada del autocar que recoge a Julia para ir al colegio, conocí a Rosi, madre de dos niños con autismo, uno de 17 años y otro de 8.

El mayor es un niño tranquilo, comunicativo, con un nivel de comprensión muy bueno. Ha desarrollado un lenguaje oral más que aceptable y, lo más importante, es muy cariñoso y se le ve feliz.

El pequeño es un torbellino de energía sin fin al que no puedes dejar solo ni una milésima de segundo y cuando digo una milésima de segundo no estoy exagerando. Lleva casi un mes ingresado en Maternidad intentando dar con la medicación apropiada y en la dosis justa para bajar su elevado nivel de frustración y ansiedad que se materializa en ataques de autolesiones que Rosa lleva con una dignidad encomiable.

Puedo asegurar que envidio sanamente a la que ya considero una gran amiga.

Hoy fui a visitarlos al Hospital. El calor era insoportable y se acentuaba más por el constante control que hay que ejercer sobre ese pequeño que parecía tener la capacidad de multiplicarse por mil. Daba la impresión de que la habitación estaba ocupada por diez, veinte, treinta niños que no paraban de correr, moverse, autolesionarse, enfadarse...

Pues, aún así, cuando nos quedamos solas en la habitación y parecía que la medicación empezaba a hacer efecto en su hijo...¡¡¡estuvimos una hora riéndonos sin parar!!!...Cualquier tema que sacábamos nos provocaba un ataque de risa...¡yo me lo estaba pasando tan bien que me marché del hospital a las diez de la noche!.

Quiero hacer saber que existen muy pocas madres como Rosa que, a pesar de tener un problema tan grande como es sacar adelante a sus dos hijos con autismo, es capaz de reirse, desconectar, disfrutar de un momento de charla y diversión con la que espero también considere una verdadera amiga, yo.

Quiero dejar constancia de que yo no le llego a la suela de sus zapatos. Aún me molestan las miradas, los cuchicheos ante algún movimiento anómalo de Julia; me sigue enfadando que, en la piscina, niños que la conocen, la imiten burlándose de ella; es decir, creo que no aceptaré nunca al cien por cien el autismo de mi hija.

Rosa, sin embargo, tiene la capacidad de abstraerse del entorno y ni tan siquiera se percata si están mirando o no a sus hijos, porque a ella le da igual. Ha aceptado plenamente el autismo de sus niños y si es necesario, pasa por una pared, antes de amedrentarse.

Son dos maneras de vivir el autismo. A mí nunca me ha gustado llamar la atención y es un hecho que si vas con un niño autista, tarde o temprano, la gente se va a fijar en ambos. Yo aun no lo he superado ni creo que lo supere nunca. Rosa, en cambio, va por la calle con la cabeza muy alta, digna, valiente..

Rosa es, sin lugar a dudas, la mujer que yo siempre he querido ser y me siento muy orgullosa de tenerla como amiga. Espero que nuestra amistad crezca paralelamente al crecimiento de nuestros respectivos hijos.

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