Julia corriendo en plena naturaleza es ¡¡¡feliz!!!...
Mi hija Julia tiene 19 años y crece paralelamente al blog que inspiró, por eso anualmente anoto cada cambio de edad.
Tiene Autismo "no verbal".
Usted es gord@, usted es calv@, usted es alt@, usted es baj@; usted lleva gafas; usted utiliza bastón...Tú tienes acné, tú estás en pleno estirón, a tí te está cambiando la voz...
¿Es mi mirada lastimera, reprobatoria o de conmiseración?... ¿Acaso cuchicheo ante tu poblada cara llena de granos o tu atiplada voz o miro, con atención, el bastón que usted usa para caminar?... Pues no miren así a mi hija, no se lo merece y yo tampoco.

martes, 14 de febrero de 2017

"¿INTEGRACIÓN?: HAY CASOS EN LOS QUE RESULTA MUY PERJUDICIAL" ( M.A.M.)

Si mis hijas y yo vivimos a 15 kilómetros de Oviedo, en Pola de Siero, es porque en 2006, el colegio religioso donde estaban matriculadas (colegio concertado de integración), nos "invitó" a que sacásemos a Julia del centro debido a la "complejidad de su caso"; eso sí, nos "permitían" que mi otra hija Celia, alumna ejemplar de sobresaliente, permaneciese en el mismo. Debo aclarar que si en su momento matriculamos a Julia en dicho colegio fue porque todos los profesionales con los que consultamos nos lo recomendaron como el mejor para su escolarización.

Julia es el típico caso de autismo severo no verbal, acompañado de un CI elevado que en la práctica no le sirve para absolutamente nada y, por si ésto fuera poco, desde muy niña, ha desarrollado una increíble capacidad cerebral que, por increíble y por haber desquiciado a todos los neurólogos de gran parte de España, prefiero no explicar en qué consiste.

Acudí a la Consejería de Educación, considerablemente enojada, pero nuevamente insistieron en que Julia era una alumna de integración. Recuerdo mi discusión con el inspector escolar: "mi hija no habla, socialmente es un bebé...no interactua...¡no es una alumna de integración!. Pero ya había entrado en juego la psicopedagoga de turno que consideró que Julia era una alumna, sí, con autismo, pero también con altas capacidades. Fue entonces cuando le habilitaron una plaza en el colegio público del lugar en el que vivo desde 2007. Lo que en un principio puede parecer un lujo, se convirtió en una verdadera pesadilla de la que, por desgracia, no me enteré a tiempo.

El profesor encargado de desarrollar los talleres de niños con altas capacidades en el colegio, se convirtió, prácticamente, en un profesor exclusivamente para Julia. Solamente compartía aula con dos compañeros con Síndrome de Down en logopedia. Julia no mantenía ningún contacto con el resto de alumnos. Sus horas pasaban en una clase, habilitada con una mesa mirando a la pared, flanqueada por dos biombos, con el fin de que no tuviese ninguna distracción y que su "capacidad" no interfiriese en su trabajo. ¿Su trabajo?: copiar durante horas, copiar dentro de la pauta, copiar con la mano derecha a pesar de que es zurda, copiar con una letra perfecta sin preocupase de saber si Julia entendía lo que copiaba; leer fonéticamente, leer página tras página desconociendo la capacidad de comprensión de Julia. Obvió su autismo. No trabajó con pictogramas, ni con apoyo visual...dejó a un lado la psicomotricidad, el control de las emociones, la integración...no quiero imaginar qué ocurría en aquella aula, Julia y aquel profesor solos, ante una equivocación de Julia. Aisló a Julia del resto de alumnos, la estigmatizó.

Eso sí, Julia compartía el recreo con el resto de alumnos pero, Julia era la rara, la niña que cogía piedras del suelo y las metía en su boca (este detalle me lo contó una compañera suya hace apenas dos semanas) sin que ningún profesor la controlase; a la que rodeaban en círculo para tirarle comida al suelo y burlarse de ella cuando se agachaba a recoger los trozos de bocadillo; la niña que olía el barro y lo probaba...la niña que olía, probaba, observaba, no jugaba y era objeto de burlas...pero si algo tiene de bueno el autismo severo es que Julia no era consciente de ese comportamiento, es más, es probable que acompañase con sus risas, las carcajadas de los crueles niños que se reían a su costa.

Una vez fui a hablar con el director del centro y me dijo que el recreo no era una zona de integración a lo que le respondí: "pero, al menos, será una zona de protección". No recibí respuesta alguna

Lo más triste es que Julia no habla y de todo lo sucedido fui enterándome demasiado tarde. Lo más lamentable, el maravilloso tiempo perdido por haber seguido los consejos de supuestos profesionales y sus afanes de integración.

No deseo que se me malinterprete. Creo en la integración cuando ésta es factible y positiva para el niño a integrar pero, con la perspectiva que me da el tiempo, hoy, si Julia tuviese tres años, la matricularía sin pensar en un colegio de educación especial. Al menos ahora, Julia no es la rara del colegio y esta en un centro preparado para atender sus necesidades educativas especiales. Centro que, paradojas de la vida, está en Oviedo, por lo que diariamente, Julia debe hacer un trayecto de autobús de una hora de ida y otra hora de vuelta. 

Su hemana Celia está en Segundo de Bachillerato. Celia volará, o no, pero a Julia le queda toda una vida por delante en Centros de día para adultos a partir de los 21 años.



    Julia en 2005, un año antes de empezar la debacle escolar.

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