Julia corriendo en plena naturaleza es ¡¡¡feliz!!!...
Mi hija Julia tiene 19 años y crece paralelamente al blog que inspiró, por eso anualmente anoto cada cambio de edad.
Tiene Autismo "no verbal".
Usted es gord@, usted es calv@, usted es alt@, usted es baj@; usted lleva gafas; usted utiliza bastón...Tú tienes acné, tú estás en pleno estirón, a tí te está cambiando la voz...
¿Es mi mirada lastimera, reprobatoria o de conmiseración?... ¿Acaso cuchicheo ante tu poblada cara llena de granos o tu atiplada voz o miro, con atención, el bastón que usted usa para caminar?... Pues no miren así a mi hija, no se lo merece y yo tampoco.

jueves, 16 de febrero de 2017

"ESE CAPARAZÓN LLAMADO AUTISMO" (M.A.M.)

Mi hija mayor Julia tiene autismo y es inteligente. Mi hija mayor Julia es inteligente y tiene autismo.

No sé por qué extraño fenómeno a la gente le resulta más llevadera la segunda afirmación, aún siendo igual que la primera. Pero, ¡claro!, luego pasa lo que pasa y tengo que escuchar preguntas del tipo:"¿cómo es que siendo inteligente no tiene lenguaje oral?" o "¿por qué le cuesta seguir una cadena de preguntas sumamente sencillas, si es inteligente?". Las dos preguntas tienen la misma respuesta: porque tiene autismo.

Julia, a los tres años ya sabía escribir en el ordenador sin que nadie le hubiese enseñado, sin embargo no habla. Julia tiene una memoria visual increíble pero no consigue entender el valor del dinero. El funcionamiento de su cerebro no es como el de las personas "normales"; es diferente, lo que no significa peor.

A Julia, su autismo le provoca un desgaste diario de energía de tal calibre que no queda espacio para nada más. Es por eso que sigue manteniendo aficiones "infantiles" para su edad, como ver películas de Disney o saltar hasta caer agotada en una cama elástica.

Su autismo es una especie de caparazón que la cubre por entero sin dejar a penas resquicios por donde dejar escapar sus capacidades intelectuales.


                                   
                         


¿Mi angustia?: pensar que nunca va a ser capaz de romper ese caparazón que la mantiene aislada del mundo real.

¿Mi alivio?: saber que ese caparazón le permite ser feliz dentro de su particular mundo.

He aprendido a vivir el día a día de Julia, pero también el de mi otra hija, Celia. 

Por supuesto que intento, dentro de mis posibilidades, dejar un camino recto y sin baches para el futuro de ambas, pero sin obsesionarme hasta el punto de no poder disfrutar de los pequeños regalos que, diariamente, me ofrecen ambas en forma de besos, abrazos o un sencillo "te quiero, mami" de boca de Celia.

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