Julia corriendo en plena naturaleza es ¡¡¡feliz!!!...
Mi hija Julia tiene 19 años y crece paralelamente al blog que inspiró, por eso anualmente anoto cada cambio de edad.
Tiene Autismo "no verbal".
Usted es gord@, usted es calv@, usted es alt@, usted es baj@; usted lleva gafas; usted utiliza bastón...Tú tienes acné, tú estás en pleno estirón, a tí te está cambiando la voz...
¿Es mi mirada lastimera, reprobatoria o de conmiseración?... ¿Acaso cuchicheo ante tu poblada cara llena de granos o tu atiplada voz o miro, con atención, el bastón que usted usa para caminar?... Pues no miren así a mi hija, no se lo merece y yo tampoco.

viernes, 11 de diciembre de 2015

"DOS FORMAS DE DEMOSTRAR AMOR...DIFERENTES, PERO AMBAS MARAVILLOSAS" (M.A.M)

Los seguidores de este blog saben que soy madre de dos hijas.

La mayor, Julia, tiene 18 años...desde los 3 años está diagnosticada oficialmente dentro del Trastorno de Espectro Autista "no verbal". Por ella, existe este blog. Compartir mis experiencias, mis miedos, mis soluciones con otras madres y padres es algo que no me cuesta ningún esfuerzo y creo que puede resultar muy válido para ambas partes.

La pequeña, Celia, tiene 17 años. Es madura, responsable, inteligente y, ahora, es un gran apoyo y ayuda en el día a día con Julia.

Como madre me siento satisfecha. Es extraño...soy una mujer extraordinariamente insegura, siempre creo que obro de manera equivocada, ¡yo misma me califico de María "Metepatas"!. Pero estoy segura que la educación que les estoy dando es la correcta. Su padre y yo llevamos divorciados desde hace más de seis años y desde entonces toda la responsabilidad recae sobre mí. Somos una familia de tres mujeres...ah! y nuestro perro Xasy.

Las limitaciones de comunicación que presenta Julia hacen imposible conocer su opinión pero he hablado en multitud de ocasiones con Celia y, en absoluto, se siente amargada, desgraciada. Debido a mi carácter abierto, conmigo quizás mantenga una comunicación más natural, nada forzada...y si algo me preocupa, se lo pregunto directamente, sin tapujos.

¿Y la forma de demostrarnos nuestro amor mutuo?.

Existe una falsa creencia, muy extendida, debido a la escasa información que aún existe sobre el autismo, que identifican a estas personas como frías, distantes, incapaces de mantener contacto ocular y, mucho menos, físico. No niego que existen niños con autismo que no soportan ser acariciados, abrazados, besados pero tras más de catorce años teniendo relación con niños que padecen TEA, puedo asegurar que aún no he conocido a ninguno que haya rechazado mi contacto.

Julia, mi "osezna", es capaz de darme a lo largo del día ¡¡¡ cincuenta, sesenta...cien besos!!!, el número se incrementa si no tiene colegio. Mientras le ayudo a ducharse, me besa; cuando se pone el pijama y colaboro con ella, me besa; al lavarse los dientes, me besa...¡¡¡y cuando baja del autocar que del la trae del colegio...recibo una catarata de besos sin fin!!!. Besos dulces, suaves, amorosos, acompañados de una sonrisa tan maravillosa como su mirada. Es su manera de decirme que me quiere y es mi manera de saber que lo estoy haciendo correctamente.  

Celia, mi "cervatillo", de grandes ojos y largas pestañas, puede parecer huidiza, fría...le cuesta mucho más demostrar su amor, pero lo hace cuando me plantea preguntas que me consta que no lo hace con nadie más que conmigo; cuando me habla de "sus cosas" con naturalidad; con detalles, quizás insignificantes, pero para mí ¡tan importantes!, como hablarme del chico que le gusta, pedirme opinión sobre qué camisa le queda mejor con el jersey que ha decidido ponerse para ir al instituto o cuando me pide prestado un bolso o unos zapatos. ¡Le encanta tener una tarde de "chicas", las dos juntas, en un Centro Comercial cercano a casa, comprar algún capricho, mirar escaparates y, sobre todo, comer una hamburguesa en McDonald´s!...No hace muchos días, no lograba dormir y me pidió, muy dulcemente, si podía meterse en mi cama, aunque añadió: "pero mami, sin abrazos"

Creo que lo único que estoy haciendo medianamente bien es ser madre. Siempre, desde niña, supe que quería tener hijos por encima de cualquier cosa y sé que me sentiría frustrada si no hubiese tenido a mis hijas.

Durante veinte y tres años simultaneé mi papel de mujer trabajadora fuera de casa con mi faceta de madre y ama de casa. Me encantaba mi trabajo como documentalista en la redacción de un periódico, pero la maldita crisis, quiso que fuera una víctima más de la crisis. En muchas ocasiones me sentía como el personaje de la novela " El doctor Jeckyll y el señor Hyde" de Robert Louis Stevenson...pero ¡fueron años muy felices!. El divorcio y la crisis me han obligado a redirigir mi vida laboral, No contar con alguien que cuide de Julia dificulta mucho encontrar trabajo así que ahora lo hago desde casa. Ser mi propia jefa tiene, como todo, ventajas e inconvenientes, pero no tengo otra opción.

Cuando tienes hijos tu libertad desaparece. Siempre me visualizo como un árbol, enraizado, sin poder moverme, del que han salido dos hermosos troncos, con maravillosas hojas, que son mis hijas. No niego que a lo largo de estos últimos dieciocho años ha habido momentos de desesperación, de angustia, de enfado en los que he anhelado la libertad de mi juventud. El autismo de Julia ha sido el golpe más duro que me ha dado la vida, tras la prematura muerte de mi padre, un ser maravilloso que se fue demasiado jóven. Pero creo que, tras mis capas de inseguridad, hipersensibilidad, miedos, se esconde una mujer capaz de sacar lo mejor de sí misma cuando se me requiere...aunque muchas veces, durante el proceso, derrame muchas lágrimas de desesperación.

Soy una madre orgullosa y satisfecha de Julia, mi "osezna" mimosa con autismo, que cada día me regala maravillosas sonrisas y besos y de Celia, mi "cervatillo" de ojos grandes, que de vez en cuando me obsequia con conversaciones de tú a tú que no tienen precio. Sé que las dos me quieren y eso es el mejor regalo que puedo recibir.




                                     
                                         La fotografía corresponde al primer año que pasamos
                                         las tres solas, tras el divorcio.

Creo que la mejor lección que le puedo dar a mi hija Celia es que logre desarrollarse hasta convertirse en una mujer responsable, independiente, autónoma, capaz de amar y ser feliz. Julia espero que logre alcanzar cierta autonomía personal y, por supuesto, toda la felicidad del mundo. Ambas se merecen lo mejor.

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