Hay días en los que pienso que debería ir poniendo fin a este blog.
Julia ya ha cumplido 18 años y, siendo realista, dudo que vaya a alcanzar nuevos retos. No quisiera que se malinterpretasen mis palabras porque, por supuesto, no voy a tirar la toalla y seguiré trabajando, mano a mano, con mi hija. Pero, ¿logrará atarse algún día los cordones de sus zapatillas, podrá salir sola a la calle, hablará?. Sinceramente, creo que no.
A veces visualizo nuestro futuro y lo único que contemplo es soledad. Si su propio padre ha renunciado a su custodia, ¿qué se supone que puedo esperar?. Y sí, Celia es mi apoyo, pero no puedo exigirle que renuncie a su vida.
Sin embargo, Julia tiene un maravilloso poder: consigue transmitir amor puro, ese que no espera recibir nada a cambio. Nada en ella es falso...no sabe engañar.
Sus besos, sus abrazos, su risa...las veces en las que me mira a los ojos son mágicos obsequios que logran arrinconar su insomnio, sus ataques de ansiedad, las autolesiones, su ocasional ira y su, casi siempre presente, frustración.
Tal vez la tristeza me haga ver mi día a día como un callejón sin salida... Necesito recobrar mi autoestima por mis hijas, por las pocas personas que me quieren y por mí misma.
Pido perdón por haber usado este "post" a modo de catarsis...lo necesitaba.




